BIENVENIDOS HERMANOS

Bienvenidos hermanos poetas y seguidores de la poesía y las artes. Este espacio tiene como aspiración entregar la obra de los integrantes del grupo Voz del Conventillo y la de sus amigos.
La sede nuestra está en el Cerro Barón, uno de los más tradicionales de Valparaíso, y en ella surgió un grupo de poetas, músicos con el deseo de compartir éstas manifestaciones a través de la amistad. Luego se agregaron otras figuras de la literatura regional y nacional.
Los trabajos de los seguidores, serán acogidos con beneplácito, previa invitación.

Voz del Conventillo

miércoles, 16 de marzo de 2011

BEDUINO SIN DESTINO

Las puertas del castillo
Cerraron sus filos a mi espalda,
La soledad de mi casa
Llora mi partida mas yo
Sé que reirá mañana.
La otra soledad, la fiel,
Aguarda mis pasos por la sierra,
Sabe que llevo los resabios
De una pena desgarrando
Los tobillos. Alguien habitará
Mi hogar, gozará del fuego,
Las paredes y la sala.
Yo vagaré con las dagas
De tu ojos desgarrando
Mi alegría de otrora,
Cuando tu mano era mi mano,
Cuando tu boca reía y gemía
En la locura de amarnos sin tregua.

Beduino sin pan ni agua
Arrastraré la tristeza
De mis lágrimas secas
Inflamando las dunas,
Reclamando un lugar en la arena.
Nada calmará mi sed, nada
Satisfará mi hambre.
Que no necesito a los pozos
Ni a la hogaza. Sólo desvarío
Por la fuerza de tu sexo
Y el calor de tu mirada.
Sangran mis pies arrastrando
Invisibles cadenas que una tarde
Sin piedad tus manos herrajarán.
Ni los buitres quieren mi lengua
Muerta, ni la carne reseca.

Beduino sin destino ya soy mortaja
Deambulando lejos de mi patio,
Gritando tu nombre como un poseso,
Anhelando urgente la fragancia
De tus besos. Abandonado de todo
Esta tarde al fin miro a la muerte
Cara a cara. El corazón descansa.

Carlos Eduardo Saa
Cerro Barón 11/02/2011


EL ASCENSOR

                         Carlos Eduardo Saa  
 Recorro los cerros a horcajadas en un ascensor
de alas rotas; aferrado a tus pechos
me deslizo por ellos cual tobogán de agua;
el vuelo prosigue turbulento sobre el Puerto. 
Te dije tantas veces la inutilidad de tus besos
recorriendo mi cuerpo sin otro fin que placer
desenfrenado. Yo exigía amor y tú dabas lujuria.
Tras el desenfreno preparabas el desayuno
en tanto yo me recuperaba de tus locuras,
de las llagas marcadas sádicas con tus dientes implacables.
Me alargabas la taza humeante de café lodoso
sabor a tierra y sudor de tus miembros.
Yo lo bebía sin mirar tus ojos escrutadores
imaginando sorber el mejor elixir de tu sexo.

Recorro Valparaíso en mi ascensor transparente
 convertido en la alfombra mágica del mítico Aladino,
huyendo de tus caricias lacerantes
cual perro maltratado por su amo,
siempre fiel a los llamados de la tarde
celoso de tus miradas a mi vientre,
esperando que yo caiga de mi vuelo
en que se renueva el ardor de tu carne.
Desde una esquina oculta me acecha tu marido
buscando la verdad de tus ausencias,
para interrogarme con su cuchillo artero
temblando en las manos por penetrarme el pecho.
Me burlo de sus intentos hasta que la esquina
desaparece arrebatada por sucios espejos
emergiendo desde el último hotel
en que me desangraste con tus besos. 
Aterrizo en el patio del conventillo,
lavo la cara y con parsimonia me afeito.
Agotado de horadar el cielo me acuesto
aprontándome a dormir relajado
pero desde las sombras destellan
tus ojos de gata caliente y yo me estremezco.

 Cerro Barón 04/11/2010

lunes, 14 de marzo de 2011

PRÉÑAME, MUJER

                          Carlos Eduardo Saa 
     Preña, mujer, mi loco corazón con
     una mirada de tus ojos de fuego,
     para que yo sueñe el húmedo beso
    que nunca me dará tu boca.
    Dame el hijo que ha de llorar en mis entrañas
    y que amamantaré con este loco amor que te tengo.
    Lo alimentaré con brevas, manzanas
    y membrillos del huerto que añoro.
    Lágrimas serán su dulce leche que no ha de libar
    de los pechos que jamás serán suyos ni míos.

    Préñame, préñame, ya, imposible mío;
    abro mi cuerpo para recibir al hijo que pasearé
    por parques, calles y ríos. Irá de mi mano prendido
    como soldado por la fragua de Vulcano en el Olimpo.
    Sólo yo lo veré, porque será siempre un sueño;
    sólo yo escucharé su voz de niño preguntando
    por la madre que lo regaló a mi destino.

    Entonces rasgaré mi pecho, le abriré
    mi corazón y verá tu rostro, te besará los ojos
    y juntos gritaremos tu nombre, cuatro letras,
    cuatro letras, como Amor y el vino
    que tus labios manan, manantial en luz nacido. 
    Préñame, ya cariño, que cuando yo muera,
    este amor, dulce tortura que por ti siento,
    lo ha de continuar, eterno, nuestro soñado hijo.         
 
                                              Cerro Barón 2009.
Crepúsculo en Valparaíso, visto desde el mirador Cerro Barón
(Foto amigos polacos)

PRÉÑAME, MUJER

Integrantes de la Agrupación de Poetas Itinerantes "Rubén Darío"
de Valparaíso y amigos, en Collipulli.
El viaducto Malloco, un punto de recuerdo de amistad y poesía.
(Foto R.H.S.)

POEMA DE LA CULPA


                         José Ángel Buesa (cubano)
Yo la amé y era de otro que también la quería.
Perdónala, Señor, porque la culpa es mía.
Después de haber besado sus cabellos de trigo,
nada importa la culpa, pues no importa el castigo.
Fue un pecado quererla, Señor, y sin embargo,
mis labios están dulces, por ese amor amargo.
Ella fue como agua callada que corría.
Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.
Perdónala, Señor, tú que le diste a ella
su frescura de lluvia y su esplendor de estrella.
Su alma, era transparente como un vaso vacío
y yo lo llené de amor; todo el pecado es mío.
Pero, ¿cómo no amarla, si tu hiciste que fuera,
turbadora y fragante como la primavera?
¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
sobre la hierba seca y ávida del estío?
Traté de rechazarla, Señor; inútilmente,
como un surco que intenta rechazar la simiente.

Era de otro. Era de otro que no la merecía
y por eso en sus brazos, seguía siendo mía.
Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño,
las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
Y ella me dio su amor, como se da una rosa,
como quien lo da todo, dando tan poca cosa.
Una embriaguez extraña nos venció poco a poco.
Ella no fue culpable, Señor, ni yo tampoco.
La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
y me diste los ojos para mirarla a ella.
Sí, nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar,
y si es culpable un río cuando corre hacia el mar.
Es tan bella, Señor, y tan suave y tan clara,
que sería pecado mayor, si no la amara.
Y por eso, Señor, perdónala, porque es tan bella
que Tú, que hiciste el agua, y la flor y la estrella,
Tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
¡Tú, también la amarías, si pudieras ser hombre!