BIENVENIDOS HERMANOS
Bienvenidos hermanos poetas y seguidores de la poesía y las artes. Este espacio tiene como aspiración entregar la obra de los integrantes del grupo Voz del Conventillo y la de sus amigos.
La sede nuestra está en el Cerro Barón, uno de los más tradicionales de Valparaíso, y en ella surgió un grupo de poetas, músicos con el deseo de compartir éstas manifestaciones a través de la amistad. Luego se agregaron otras figuras de la literatura regional y nacional.
Los trabajos de los seguidores, serán acogidos con beneplácito, previa invitación.
Voz del Conventillo
La sede nuestra está en el Cerro Barón, uno de los más tradicionales de Valparaíso, y en ella surgió un grupo de poetas, músicos con el deseo de compartir éstas manifestaciones a través de la amistad. Luego se agregaron otras figuras de la literatura regional y nacional.
Los trabajos de los seguidores, serán acogidos con beneplácito, previa invitación.
Voz del Conventillo
lunes, 14 de marzo de 2011
POEMA DE LA CULPA
José Ángel Buesa (cubano)
Yo la amé y era de otro que también la quería.
Perdónala, Señor, porque la culpa es mía.
Después de haber besado sus cabellos de trigo,
nada importa la culpa, pues no importa el castigo.
Fue un pecado quererla, Señor, y sin embargo,
mis labios están dulces, por ese amor amargo.
Ella fue como agua callada que corría.
Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.
Perdónala, Señor, tú que le diste a ella
su frescura de lluvia y su esplendor de estrella.
Su alma, era transparente como un vaso vacío
y yo lo llené de amor; todo el pecado es mío.
Pero, ¿cómo no amarla, si tu hiciste que fuera,
turbadora y fragante como la primavera?
¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
sobre la hierba seca y ávida del estío?
Traté de rechazarla, Señor; inútilmente,
como un surco que intenta rechazar la simiente.
Era de otro. Era de otro que no la merecía
y por eso en sus brazos, seguía siendo mía.
Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño,
las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
Y ella me dio su amor, como se da una rosa,
como quien lo da todo, dando tan poca cosa.
Una embriaguez extraña nos venció poco a poco.
Ella no fue culpable, Señor, ni yo tampoco.
La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
y me diste los ojos para mirarla a ella.
Sí, nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar,
y si es culpable un río cuando corre hacia el mar.
Es tan bella, Señor, y tan suave y tan clara,
que sería pecado mayor, si no la amara.
Y por eso, Señor, perdónala, porque es tan bella
que Tú, que hiciste el agua, y la flor y la estrella,
Tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
¡Tú, también la amarías, si pudieras ser hombre!
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