Carlos Eduardo Saa
Recorro los cerros a horcajadas en un ascensor
de alas rotas; aferrado a tus pechos
me deslizo por ellos cual tobogán de agua;
el vuelo prosigue turbulento sobre el Puerto.
Te dije tantas veces la inutilidad de tus besos
recorriendo mi cuerpo sin otro fin que placer
desenfrenado. Yo exigía amor y tú dabas lujuria.
Tras el desenfreno preparabas el desayuno
en tanto yo me recuperaba de tus locuras,
de las llagas marcadas sádicas con tus dientes implacables.
Me alargabas la taza humeante de café lodoso
sabor a tierra y sudor de tus miembros.
Yo lo bebía sin mirar tus ojos escrutadores
imaginando sorber el mejor elixir de tu sexo.
Recorro Valparaíso en mi ascensor transparente
convertido en la alfombra mágica del mítico Aladino,
huyendo de tus caricias lacerantes
cual perro maltratado por su amo,
siempre fiel a los llamados de la tarde
celoso de tus miradas a mi vientre,
esperando que yo caiga de mi vuelo
en que se renueva el ardor de tu carne.
Desde una esquina oculta me acecha tu marido
buscando la verdad de tus ausencias,
para interrogarme con su cuchillo artero
temblando en las manos por penetrarme el pecho.
Me burlo de sus intentos hasta que la esquina
desaparece arrebatada por sucios espejos
emergiendo desde el último hotel
en que me desangraste con tus besos.
Aterrizo en el patio del conventillo,
lavo la cara y con parsimonia me afeito.
Agotado de horadar el cielo me acuesto
aprontándome a dormir relajado
pero desde las sombras destellan
tus ojos de gata caliente y yo me estremezco.
Cerro Barón 04/11/2010
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